Hace ya algunos años, en la cúspide de mi juventud, cuando mi vida giraba alrededor de mis hijos, mi marido, mi casa, mi trabajo, mis amigos, mis papás, mis suegros y no sé cuántas otras personas y actividades que la memoria me ha regalado el lujo de olvidar, tenía las horas tan contadas que vivía pendiente del reloj para aprovechar cada minuto del día. Planificaba mis actividades de semana en semana y tachaba de desorganizadas a las mujeres que no tenían ni idea de lo que harían al día siguiente.

Uno de esos días, al salir de la oficina y ver el reloj, me di cuenta de que, si me apuraba, tendría media hora para comprar en el supermercado algunas cosas que necesitaba.

Contenta —porque contar con treinta grandes minutos para avanzar en mis quehaceres me hacían sentir feliz— enfilé hacia el lugar.

Tomé una carreta y entré caminando con precisión, diciéndome: «Treinta minutos. Tienes treinta minutos». Como conocía bien el supermercado, no perdería tiempo buscando los productos. Sabía exactamente dónde estaba cada cosa.

Con lo que no conté fue con el pequeño kiosko de café gourmet que habían colocado al fondo del lugar: una isla bonita en medio del ambiente frío e impersonal del supermercado.

La debilidad que sentía y siento por el café le ganó la batalla a mi eficiencia. Mi mente de ejecutiva calculó que si me movía con rapidez, podría tomarme un café y hacer la compra al mismo tiempo.

 Mientras avanzaba hacia el kiosko me fijé que el dependiente charlaba animadamente con una clienta que tenía frente a ella una taza de loza blanca. Se notaba que lo estaban pasando muy bien. La señora debía de tener más o menos la edad que tengo yo ahora.

Recuerdo que pensé, levantando una ceja, que la pobre mujer —sí, ese fue el adjetivo que le di— no tenía nada mejor que hacer con su vida que tomarse un café en un supermercado.

     Me detuve frente al mostrador, saludé a la señora con una sonrisa rápida y me dirigí al dependiente:
     —Buenos días. ¿Me podría dar un capuchino para llevar, por favor? Fuerte y con dos de azúcar.
     —¿Para llevar? —repitió el joven.
     —Sí. Para llevar. Tengo un poco de prisa —dije para que se apurara.
     La señora me miró de arriba abajo en silencio y luego, para mi sorpresa, se dirigió al dependiente:
     —Sírvale el café en una taza de verdad.
     Yo la miré extrañada. ¿Se estaba refiriendo a mi café?
     —El café se toma sentada y en taza. —Me dijo dando una palmada al asiento que estaba a su lado—. Siéntese aquí, patoja, y disfrute el momento.
     Mi mirada cambió a incrédula. La mujer estaba interfiriendo en mi vida y en mi tiempo. No sabía si ofenderme o responderle, con una amabilidad que no sentía, que yo tenía una vida muy ocupada y que ella no era quién para decirme cuándo, dónde y cómo debía yo beberme un café. Sin embargo, antes de decir nada volteé a ver mi carreta vacía, la empujé un poco hacia un lado y me senté en el asiento que me había indicado. No sé si mi reacción se debió a que fui educada para obedecer a mis mayores o a un evento sobrenatural, pero la cosa fue que no pude negarme. Esperé en silencio mientras el dependiente cumplía con el ritual de prepararme un capuchino doble, con azúcar.

   Lo demás fue una lección de vida: pasé la siguiente media hora conversando con dos personas completamente extrañas y ajenas a mí, riéndome y disfrutando cada minuto. Cuando terminé el café y me levanté para continuar con mis obligaciones, me sentía ligera y relajada.

   Por supuesto, no compré nada. Dejé la carreta abandonada en un rincón del supermercado y me fui a mi casa con la sensación de que le había ganado al día bastante más que treinta minutos extras.

Patricia Fernandez

Escritora y Blogera

Artículo Original https://502patriciafernandez.blogspot.com/2018/04/el-verdadero-valor-del-tiempo

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